Es una tarde
soleada. Las calles de Martorell están inquietas, pero desérticas. Ni un solo
ser vivo osa pisar el asfalto des de hace exactamente un mes. Cuerpos inertes, otros no tanto, se amontonan
en calles estrechas y en pequeñas plazoletas que alguna vez fueron motivo de
alegría y festejo en el gran pueblo que fue. El calor empeora la situación, y
el amargo perfume de la descomposición se intensifica.
Bellas mujeres se
pasean cadavéricas con sus bonitos trajes de domingo, otras, sin embargo,
llevan puesto, en otros tiempos sensual, un uniforme de trabajo. Hombres
vestidos de gala y otros no tanto, y ya vemos donde les ha llevado el dinero y
el poder, al mismo eterno domingo de mayo. En la iglesia se puede aún ver al
viejo cura preparando la misa de domingo que nunca acabó, pues el día del
juicio final llegó antes de lo esperado, y las pobres tres abuelitas que solas
estaban, se encuentran merodeando por la vieja casa de Dios de la Vila. Y aún
los niños vagan por los parques, con su inocente cara descompuesta, sin
sonrisas ni rojas mejillas, pues su alma murió ya. Jóvenes locos que no
acabaron su porro mañanero, mientras en sus casas pasaban los días sin trabajo
ni futuro, una España muerta ya hace tiempo. Y como no podía faltar, los viejos
jubilados en la plaza sentados en ancianos bancos riendo de antiguas historias
de guerra y hambre, ahora sin el descanso eterno que merecían.
Pero puede ver
algo de vida entre tanta ruina, y una loca muchacha vacilando por las calles,
haciéndolas suyas, solo ella. El olor a putrefacción no le afecta en absoluto,
piensa que el mundo ya estaba podrido mucho antes de que el apocalipsis zombie
se hiciese patente. Sus piernas atléticas y esbeltas caminan sin rumbo, se
aburre. Pechos turgentes que se balancean en un vaivén sin sentido, y ojos
oscuros que denotan fatiga tras mucho tiempo en soledad. Y su pelo… digno de
una princesa, de un azabache brillante que no se lo quita ni la purulencia que
le rodea. Aunque muy poca princesa es ella. ¿O me
equivoco? Cabe decir que la pobre muchacha ha perdido un poco la cabeza… Su
cara no denota felicidad, no tiene una bonita sonrisa. La única mueca que
aparece en su más hermoso rostro es la de una loca, una sonrisa sin expresión.
Sin más
que hacer, se dirige al Mercado Municipal a buscar algunos víveres, ¿pero a qué
loco se le ocurre meterse en el centro de un gran pueblo como este en medio de
un ataque zombie? Solo a la solitaria Aitana, que tan aburrida se encuentra.
¿Qué se llevará a su gran castillo esta tarde? ¿Galletas, carne agria o manzanas
podridas? Quién sabe, tan impredecible es la chica que nunca se sabe por dónde
saldrá. Se pasea como si nada por la rambla, entre putrefacción camina
saltarina, con gracia sin quererla, sin cansancio en el cuerpo. Ella de vez en
cuando coge su bonita hacha, creando así un magnífico y a la vez espeluznante
espectáculo de negra sangre volando por el más azul de los cielos.
Este es
su lugar, piensa. Esto es lo que su vida andaba buscando sin ella saberlo. Esto
es ella, la justicia. Es una de las pocas supervivientes de algo que ha acabado
con la peor de todas las plagas, después de las que se mencionan en ese libro
que se leyó la semana pasada, la Biblia.
Así
pues, mientras se piensa un mesías, sigue cortando extremidades, haciendo
sufrir a esas extrañas criaturas de la muerte, las que para ella son inocentes
monstruos que han sido creados para acabar con el mal y hacer justa la ley del
más fuerte. A pesar de haberle hecho un favor, los tortura, y le encanta. Y por
fin llega a lo que había sido el triste mercado del pueblo, al que ya no acudía
nadie vivo antes de la catástrofe, gracias a la apreciada crisis. Entra y lo
único que ve es como era la vida antes pero en versión Tim Burton, más
siniestro. Cabezas colgando detrás del mostrador con las mandíbulas sangrantes
y descompuestas, que dan paso a una sonrisa grande y podrida. Algún que otro
ojo colgando en la asquerosa cara de un zombie que la mira fijamente, con ganas
de probar esa fresca y tersa carne que ella presume. Pero ella, ante semejante
escena, lo único que es capaz de pronunciar es:
-
¡Malditos capullos! No sé si estáis más vivos ahora que antes.
Y así
ella continúa su bella danza hacia alguna tienda mientras corta cabezas. Tan
decidida a todo, se pregunta si habrá algún zombie peligroso por allí. O peor
aún, algún superviviente al que aniquilar.
Empieza
a caminar entre moho y pestilencia desagradable. Des de ese horrible domingo de
mayo ella se ha preguntado alguna vez cómo ha sucedido esto. En fin, sabe el
porqué, eso sin duda, pero el cómo se le escapa de las manos. El porqué es tan
obvio. Ha sido simplemente por justicia. No sabe si hay algún Dios allí arriba
que controla lo que pasa en el horrible mundo que hay aquí abajo, pero lo
seguro es que, sea lo que sea, su nombre principal es justicia. El ser humano
era tan despreciable que merecía ser aniquilado, aunque eso sí, unos pocos,
como ella, tuvieron que sobrevivir para poder mejorar la especie. Sí, eso tenía
sentido, como lo que decía ese hombre que leyó una vez. Des de el apocalipsis
zombie se ha visto obligada a leer. Pero ese hombre es su fuente de
inspiración. Necesitaba la humanidad un superhombre, una persona que empezase
de nuevo, que inculcara nuevos valores al ser humano. Y bueno, tal vez no hayan
mandado a un superhombre, pero si un apocalipsis, ¿qué más da? Ahora ella puede
hacerlo realidad y cambiarlo todo. Pero ahora eso no importa, ahora quiero
comer se dice a sí misma.
Camina
entre marchita muchedumbre, buscando sobras de algo que comer, entre estantes
vacíos como los ojos de aquellos que tristemente se hallan caminando entre
escombros, vacíos como la vida de la bella dama que se divierte con el contoneo
de los muertos. ¿Tan alto debe ser el precio que pagar por la insensatez del
hombre que gobernó el mundo?, ¿por su arrogancia ante la madre naturaleza? No
encuentra nada que se le antoje apetitoso.
Así que
coge unos croissants de chocolate que
tanto le gustan, aunque ahora estén tan duros que acabaría por romperle los
dientes. Unas patatas fritas y una barra de pan, ese es el menú del día. Lo
guarda todo en su mochila mohosa y se larga corriendo hacia el infierno
exterior que la espera fuera, pero eso sí, ahora con la barriga llena.
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