lunes, 17 de marzo de 2014

Empieza el juego.

Es una tarde soleada. Las calles de Martorell están inquietas, pero desérticas. Ni un solo ser vivo osa pisar el asfalto des de hace exactamente un mes.  Cuerpos inertes, otros no tanto, se amontonan en calles estrechas y en pequeñas plazoletas que alguna vez fueron motivo de alegría y festejo en el gran pueblo que fue. El calor empeora la situación, y el amargo perfume de la descomposición se intensifica.
Bellas mujeres se pasean cadavéricas con sus bonitos trajes de domingo, otras, sin embargo, llevan puesto, en otros tiempos sensual, un uniforme de trabajo. Hombres vestidos de gala y otros no tanto, y ya vemos donde les ha llevado el dinero y el poder, al mismo eterno domingo de mayo. En la iglesia se puede aún ver al viejo cura preparando la misa de domingo que nunca acabó, pues el día del juicio final llegó antes de lo esperado, y las pobres tres abuelitas que solas estaban, se encuentran merodeando por la vieja casa de Dios de la Vila. Y aún los niños vagan por los parques, con su inocente cara descompuesta, sin sonrisas ni rojas mejillas, pues su alma murió ya. Jóvenes locos que no acabaron su porro mañanero, mientras en sus casas pasaban los días sin trabajo ni futuro, una España muerta ya hace tiempo. Y como no podía faltar, los viejos jubilados en la plaza sentados en ancianos bancos riendo de antiguas historias de guerra y hambre, ahora sin el descanso eterno que merecían.
Pero puede ver algo de vida entre tanta ruina, y una loca muchacha vacilando por las calles, haciéndolas suyas, solo ella. El olor a putrefacción no le afecta en absoluto, piensa que el mundo ya estaba podrido mucho antes de que el apocalipsis zombie se hiciese patente. Sus piernas atléticas y esbeltas caminan sin rumbo, se aburre. Pechos turgentes que se balancean en un vaivén sin sentido, y ojos oscuros que denotan fatiga tras mucho tiempo en soledad. Y su pelo… digno de una princesa, de un azabache brillante que no se lo quita ni la purulencia que le rodea. Aunque muy poca princesa es ella. ¿O me equivoco? Cabe decir que la pobre muchacha ha perdido un poco la cabeza… Su cara no denota felicidad, no tiene una bonita sonrisa. La única mueca que aparece en su más hermoso rostro es la de una loca, una sonrisa sin expresión.
Sin más que hacer, se dirige al Mercado Municipal a buscar algunos víveres, ¿pero a qué loco se le ocurre meterse en el centro de un gran pueblo como este en medio de un ataque zombie? Solo a la solitaria Aitana, que tan aburrida se encuentra. ¿Qué se llevará a su gran castillo esta tarde? ¿Galletas, carne agria o manzanas podridas? Quién sabe, tan impredecible es la chica que nunca se sabe por dónde saldrá. Se pasea como si nada por la rambla, entre putrefacción camina saltarina, con gracia sin quererla, sin cansancio en el cuerpo. Ella de vez en cuando coge su bonita hacha, creando así un magnífico y a la vez espeluznante espectáculo de negra sangre volando por el más azul de los cielos.
Este es su lugar, piensa. Esto es lo que su vida andaba buscando sin ella saberlo. Esto es ella, la justicia. Es una de las pocas supervivientes de algo que ha acabado con la peor de todas las plagas, después de las que se mencionan en ese libro que se leyó la semana pasada, la Biblia.
Así pues, mientras se piensa un mesías, sigue cortando extremidades, haciendo sufrir a esas extrañas criaturas de la muerte, las que para ella son inocentes monstruos que han sido creados para acabar con el mal y hacer justa la ley del más fuerte. A pesar de haberle hecho un favor, los tortura, y le encanta. Y por fin llega a lo que había sido el triste mercado del pueblo, al que ya no acudía nadie vivo antes de la catástrofe, gracias a la apreciada crisis. Entra y lo único que ve es como era la vida antes pero en versión Tim Burton, más siniestro. Cabezas colgando detrás del mostrador con las mandíbulas sangrantes y descompuestas, que dan paso a una sonrisa grande y podrida. Algún que otro ojo colgando en la asquerosa cara de un zombie que la mira fijamente, con ganas de probar esa fresca y tersa carne que ella presume. Pero ella, ante semejante escena, lo único que es capaz de pronunciar es:
-          ¡Malditos capullos! No sé si estáis más vivos ahora que antes.
Y así ella continúa su bella danza hacia alguna tienda mientras corta cabezas. Tan decidida a todo, se pregunta si habrá algún zombie peligroso por allí. O peor aún, algún superviviente al que aniquilar.
Empieza a caminar entre moho y pestilencia desagradable. Des de ese horrible domingo de mayo ella se ha preguntado alguna vez cómo ha sucedido esto. En fin, sabe el porqué, eso sin duda, pero el cómo se le escapa de las manos. El porqué es tan obvio. Ha sido simplemente por justicia. No sabe si hay algún Dios allí arriba que controla lo que pasa en el horrible mundo que hay aquí abajo, pero lo seguro es que, sea lo que sea, su nombre principal es justicia. El ser humano era tan despreciable que merecía ser aniquilado, aunque eso sí, unos pocos, como ella, tuvieron que sobrevivir para poder mejorar la especie. Sí, eso tenía sentido, como lo que decía ese hombre que leyó una vez. Des de el apocalipsis zombie se ha visto obligada a leer. Pero ese hombre es su fuente de inspiración. Necesitaba la humanidad un superhombre, una persona que empezase de nuevo, que inculcara nuevos valores al ser humano. Y bueno, tal vez no hayan mandado a un superhombre, pero si un apocalipsis, ¿qué más da? Ahora ella puede hacerlo realidad y cambiarlo todo. Pero ahora eso no importa, ahora quiero comer se dice a sí misma.
Camina entre marchita muchedumbre, buscando sobras de algo que comer, entre estantes vacíos como los ojos de aquellos que tristemente se hallan caminando entre escombros, vacíos como la vida de la bella dama que se divierte con el contoneo de los muertos. ¿Tan alto debe ser el precio que pagar por la insensatez del hombre que gobernó el mundo?, ¿por su arrogancia ante la madre naturaleza? No encuentra nada que se le antoje apetitoso.

Así que coge unos croissants  de chocolate que tanto le gustan, aunque ahora estén tan duros que acabaría por romperle los dientes. Unas patatas fritas y una barra de pan, ese es el menú del día. Lo guarda todo en su mochila mohosa y se larga corriendo hacia el infierno exterior que la espera fuera, pero eso sí, ahora con la barriga llena.

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